La Casa II

Continuación de "La Casa"

Tal vez manaña cuando venga me lo encuentre esperándome con la policía. O lo que es peor, que esté escondido con la escopeta preparada y se líe a tiros conmigo. Yo sé que algunas gentes de las aldeas acostumbran a saldar las diferencias con los vecinos a tiro limpio de escopeta.

Qué me esperará mañana cuando al amanecer venga de nuevo a la casa?

Pasa el día, llega la noche y yo sigo con mis fantasías, divagaciones o ensoñaciones, según el momento. La espera se hace eterna, y la incertidumbre de lo que me voy a encontrar no me permite dormir.
Pienso que he invadido una propiedad privada, he tocado, mirado y cambiado de lugar objetos personales sin ningún tipo de autorización y mañana es posible que pague por ello.

Hace un día gris, ha hecho mucho frío y mis viejos huesos lo notan más de lo que antes lo notaban. Han caído unos copos de nieve suave que no consiguen cubrir el suelo, pero sí que logran quedarse prendidos en las hojas de los árboles cercanos y enfrían el ambiente.
Consigo que desaparezca la sensación de gelidez de mi cuerpo y me animo a bajar, ya en el salón, saco el sobre de las fotos y de nuevo con su ayuda me traslado al pasado.
Han pasado muchos años y aún se conservan bastante bien. Tal vez nadie las haya visto más que yo. Nadie nunca me ha preguntado por ellas, nunca nadie me ha dicho que supieran lo vivido por mí en aquellos lejanos días.

Ahora que ya soy vieja, ahora que estoy sola y tengo mucho tiempo... y poca memoria, mirando estas fotos puedo volver a vivir a través de los recuerdos, mi paso por la casa que parecía abandonada pero que yo sabía que no lo estaba.

Cierro los ojos y a mi memoria viene al día en que tras haber movido las cosas que había en la casa vuelvo de nuevo a ella.
Siento temor a lo que me pueda estar esperando después de la osadía de tocar todo. Sé que si el hombre que en ella parece vivr quiere, tiene motivos más que justificados para recibirme cuando menos a tiro de piedra.
Ahí estoy, mirando la casa y acercándome a ella. No pasa nada al atrevesar el portalón, así que sigo caminando y me acerco a la puerta de la casa. Miro hacia las ventanas de arriba pues creo ver algo moviéndose detrás de los sucios critales, no veo nada por lo que ya sin dudarlo agarro el pomo de la puerta que, como si me estuviera esperando, se abre sin ofrecer resistencia.
Entro, actuando como una inconsciente, entro.
Desde el pasillo no se ve nada. Entro en la cocina y veo que los platos vuelven a estar sin fregar, el pan en la panera y la leche encima de la mesa.
No se porqué toqué la botella, la leche está fría, no sé si es que estaba en la nevera hasta hace un minuto o es por el frío de la mañana. El caso es que mi corazón se encoge y siento que la sangre abandona mis venas, pues mientras miro lo que hay en la cocina, siento un ruido que se oye débil aunque nítido. Proviene de algún lugar de dentro de la casa.
Sigilosamente recorro el pasillo, mirando las habitaciones y por fín llego a la puerta que ya sé lleva a la parte de arriba de la casa y al sótano.

Qué hago? he perdido el sentido? Aquí estoy, en una casa ajena que no sé ni quien vive en ella, en la que me he metido y he manipulado sus cosas sin permiso alguno a punto de entrar en algún sitio en el que puede estar esperándome el dueño (siempre he sentido que era un hombre el que allí vivía) y sin saber cómo me va a recibir.
Como estaba decidida a saber lo que me esperaba abrí la puerta y sin saber porqué, bajé las escaleras.
No me paré a pensar; sólo bajé.
Estaba todo oscuro, no se veía ni oía nada, pero yo sabía que allí había alguien.

-Te estaba esperando.
Mi corazón se paró. Sí, durante décimas de segundo, que a mí me parecieron horas, mi corazón dejó de latir, para a continuación reanudar los latidos al galope.
Seguía sin ver nada, la estancia estaba prácticamente a oscuras, las ventanas estaba tapadas por una vieja cortina, y la luz no había sido encendida.
Recuerdo que lo único que llegué a pensar mientras recuperaba los latidos de mi corazón fue algo así como: es él, sé que es Él.

-Señor, buenos días.
-Cómo te llamas?
- Julia, señor.
- Así que Julia. Y qué haces en mi casa, Julia?
-Lo siento, señor, pero mi perro se escapó y creo que entró aquí. Venía a buscarlo.
-Lo has encontrado?
-No señor, no sé dónde estará, siento haberlo molestado, ya me voy señor, ya salgo.
-Deja de llamarme señor.
-Cómo quiere que le llame?
-Qué te parece por mi nombre?, es Indalecio, como mi padre.
-Si señor Indalecio.
-Bueno, lo vamos a dejar en Alecio, que es como se me conoce.
Ahora dime la verdad, porqué has estado husmeando en mi casa?
Qué esperabas encontrar?
-Lo siento, señor, perdón señor Dalecio, es que no sabía que existía esta casa y cuando la vi y noté que tal vez alguien vivía en ella y... bueno, sentí curiosidad, y entré y, miré y luego volví a entrar y volví a mirar y... otro día y...
-Tranquila mujer, cálmate, que no te voy a matar. Cálmate.
-Gracias señor. Bueno, ahora me tengo que ir. Gracias por su amabilidad y disculpe las molestias.

Cuando ya estaba en la mitad de las escaleras oigo que me dice:

-Porqué si tanto te interesaba esta casa, tardaste tantos días en volver?
-Señor, es que ...tengo... es que bueno, yo estoy casada y además tengo un padre y una madre y...
-Vaya, yo tenía un padre y una madre. Qué tiene éso de especial?
-Yo, bueno, señor, me tengo que ir.
-Hasta mañana Julia.

Pasaron varios días y aunque me moría por ir, no me atrevía. Algo en mi interior me decía que no era buena idea volver allí.
Pero desde que descubrí la casa, mi sentido común estaba arriconado y hacía cosas que en otros momentos no habría ni siquiera osado pensar.
Siempre he sido sensata, tranquila aunque decidida. Mi vida ha sido una vida llena de pequeños altibajos, de noches sin dormir, de noches de felicidad. Dias de angustia, días de calma. Una vida normal, en línea recta, como decía mi difunto marido.
Sí, así había sido mi vida antes de encontrar La Casa...y después de no volver a La Casa.
No debía volver, pero volví, volví a los pocos días y volví durante mucho tiempo.
Y cada vez que volvía, allí estaba él, esperándome.

-Señor Alecio, está usted ahí?
-Claro, dónde cres que iba a estar? ésta es mi casa
-Señor, le he traído un libro, quiere verlo? Es de mi padre, así que cuando lo haya leído tendré que devolverlo.
-Vaya, pensé que era un regalo para compensar el haber estado husmeando por mi casa como si fuera tuya.
Cuando me gusta un libro, quiero quedármelo para siempre, cómo es que te lo tengo que devolver?
-Lo siento señor, la próxima vez le traeré uno de regalo.
Señor, si tanto le gustan los libros, cómo es que sólo tiene dos?
-Eres muy curiosa. Te diré que todos mis libros (Luego supe que sus libros y mucho más que sus libros) quedaron donde vivía antes... Muy lejos.
-Cuánto de lejos, señor?
-Si vuelves a llamarme señor, te echo de mi casa.
Demos un paseo y te contaré dónde están mis libros.

Así fue cómo empecé a conocer al señor Indalecio, Alecio para los amigos.
Así fue cómo conocí su vida.
En cada uno de los paseos que dimos durante tanto tiempo, Alecio me iba contando retazos de su vida.

"Rápido, rápido, todo el mundo arriba que nos vamos. Todo el que viaje, que suba, el que no suba se quedará en tierra. Rápido, rápido".
-Es el primer recuerdo que tengo de mi vida.
Antes de esos gritos, no creo que me aconteciera nada importante, al menos nada tan importante.
El que gritaba era un hombre grande como un camión, negro como una noche y ronco como un motor viejo.
Estábamos los tres arrinconados, mi padre cuidando de los baúles, mi madre cuidando de mí, yo, yo sólo podía mirar al hombre, no era capaz de quitar los ojos de él.
Por algo era el hombre más grande que había visto en mi corta vida, el más grande y el más negro.
Él me miró y sin comtemplaciones me dijo: < Muchacho, quítate del medio o te tiro por la borda>
No sé si lo habría hecho, pero creo que sí, por lo que me agarré de las faldas de mi madre y no me solté en dos días.
Fueron días difíciles para todos. Para mi madre,que se mareaba cada vez que pretendía levantarse y su estómago estaba siempre revuelto. Para mi padre que tenía que cuidar de mi madres y de nuestras pertenencias. Tenía tanto miedo de que desaparecieran que entre eso y mi madre, se olvidaba de mí.
Yo andaba suelto por los alrededores mirándolo todo, hasta que un día el hombre grande agarrándome por una oreja me llevó hasta lo que me pareció el infierno. Menos mal que pasamos de largo y entramos en una gran cocina.
Cuánto miedo pasé! es difícil imaginarlo, pero nunca antes ni después pasé tanto miedo como en aquél momento allí de pie, delante de aquel hombre más grande que un camión, más negro que una noche y más ronco que el rugido de un viejo motor.
Tal vez sea verdad eso de que la cara es el espejo del alma y el hombre viera en mi cara el terror que sentía pues de repente empezó a reírse tan fuerte, tan alto que pensé que lo oirían desde la ciudad que habíamos dejado un montón de días atrás.
Cuando por fín dejó de reir, se acerco a una alacena y sacando un paquete de galletas de chocolate me las acercó diciendo:
-Toma anda, come a ver si resucitas, pues estás tan pálido que parece que ya estés muerto. Y, la verdad es que yo ya me creí muerto
-Qué es lo que te asusta tanto? Le tienes miedo a los peces?
-No señor.
-Has viajado mucho en barco? Veo que no te mareas.
-No señor.
-Entonces, soy yo quien te asusta?
-Señor, nunca había visto un hombre tan grande ni tan...
-Negro?
-Sí señor.
Él volvió a reirse tan alto que pensé que lo oirían todos los peces del mar.
-Pues ya te puedes acostumbras, vas a pasar muchos días aquí y tendrás que verme. Yo no me como a los niños, al menos no a los niños buenos. Eres un niño bueno?
-Sí...creo que sí.
-Lo veremos. Sabes fragar lo platos, las cacerolas y los cubiertos?
-Sí señor, si que sé.
Así fue cómo mientras mi madre intentaba sobevivir a los mareos y mi padre la cuidaba a ella y a nuestros enseres, yo me convertí en el ayudante más joven de un hombre que era más gramde que un camión, más negro que una noche y más ronco que un motor viejo.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Dianita has vuelto!!!
Ya era hora, porque nos dejaste con la miel en los labios. Bien, ha merecido la pena, la continuación es genial.
Pero sigues siendo cruel, hemos de esperar otro año para saber cómo acaba?
Venga diana, anímate y no dejes de escribir, lo haces muy bien.
Un besazo muy enorme. m
Ana

Pablo Folgueira Lombardero dijo...

Hola, Diana.
¡¡¡Qué alegría que hayas vuelto!!!
Espero que empieces a escribir más a menudo, que nos tenías muy abandonados.
Un beso enorme desde Gijón.

Diana dijo...

Hola.
Gracias Ana, espero que no esté un año sin contar algo, verá que no.
Cómo te va? Ya no vienes nada por Santiago?.
espero verte pronto, mientras recibe un biquiño.
Pablo, tú siempre ahí, gracias, como siempre: gracias.
Un beso desde Coruña.
Diana.

Ricardo Miñana dijo...

Escribes muy bien, un grato placer
pasar a leerte.
feliz fin de semana.

Sara dijo...

Como siempre un placer poder disfrutar de tus letras Diana...nos tienes abandonados de tus escritos...hermosa esta segunda parte de la casa.

Te dejo mi abrazotedecisivo y me despido hasta septiembre que nos vamos de vacaciones por fin...necesito tomar distancia de aquí para volver con ganas y energía.Se muy feliz y disfruta mucho de la vida guapi.

Anónimo dijo...

Valee tía!
Rosiña

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